viernes, 25 de diciembre de 2009

Desde dentro

Desde el primer momento y aún antes, yo más que nadie fui consciente de lo que supondrían esos nueve meses. A los tres nos tocaba afrontar una etapa de gustos y disgustos, pero nadie nos dijo que fuera fácil. Paradojas de la vida. Lo que empezó como un desahogo para el cuerpo comenzaba a ser un ahogo para el alma. Sin ir más lejos, se acabó el tabaco, que hace que el feto pierda peso. Dos euros para el bolsillo. Nada de otras sustancias fumables. Diez euros más. Ni hablar de las inyectables. Al menos veinte. Y el alcohol, ni olerlo. Doce. ¡No, si hasta iba a ser ésta la mejor manera de ahorrar! Lo cierto es que ninguna de estas cosas me ha quitado el sueño hasta ahora. Tampoco me preocupaba por ella. Aún no la he visto. Lo bueno de la vida siempre se hace esperar. Pero ha sido traicioneramente delatada por su calma voz y sus suaves caricias. ¡Y es que es tan joven! Sin embargo él, él sí bebe. Adivino que demasiado, aunque nunca delante de mí. Son frases incoherentes que se repiten sin cesar. Vaivenes de brazos con autonomía propia. Y ese olor tan característico a queso añejo. También fuma. Rubio. Negro. Americano y hasta de la China. A pares. A docenas medias y enteras. Solo o con amigos de papel. Pero es que él no es como ella. Ella huele a leche fresca de teta. A miel de palabras dulces. A humo de fogones. El huele a “chocolate” del moro. A “espuma” que no sube hasta el cielo. A colonia barata. Ella me gusta. Él no. Aunque confieso que la tenía por una mujer más inteligente. Por una mujer que no sabe de libros pero sabe de la vida. Por una mujer que se viste de mercadillo pero que se gusta. Me ofusca que siga a su lado. Me duele que se aferre a él como única salida. Me sorprende que nunca haya salido una justa queja de su boca. Quizás sea más fuerte de lo que ni yo mismo llegaré a ser nunca. O quizás las molestas ingestas de ira de él hasta hoy no hayan llegado a mal fin, si es que eso le sirve a alguien de consuelo. Porque es demasiado fácil presagiar que un día llegará la primera. La más difícil según dicen. Y tras ella la segunda. Y la tercera. Y, ya puestos, la cuarta. Sólo deseo que, cuando eso ocurra, mi voluntad ya se haya forjado de hierro.
Vaya, ya la obligan a empujar. Y no quiere. No desea que lo que viene sea una plana fotocopia de su historia. Y le duele. No entiende por qué estos nueves meses han pasado tan pronto. Y grita. Está segura de que dentro estará mejor. Y se golpea la tripa. Entonces, bajito, muy bajito, le susurro desde dentro que no soy el primero ni seré el último. Y llora. Le pido que aunemos nuestras fuerzas contra él. Y suspira. Le regalo una patadita en el vientre. Y sonríe. Le confieso mi miedo. Y me quiere más que nunca. Le advierto que quizás sea como él. Y me deja salir.

-Enhorabuena, Sara, ha sido niño.

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