sábado, 8 de enero de 2011

Déjame caer

Esta tarde me he saboreado pensando en ti. Me he reconocido sonriendo a la nada mientras mis manos enfilaban decididas el camino que ya quisiera que asaltaran tus labios. Húmedos. Acuosos. Resueltos, dispuestos y valientes. Despacio, vida. Muy despacio. Sin prisas. Sin tiempo. Con ganas. Con muchas ganas. Conquistando un gemido por cada segundo que pasas sobre mí convertida en vapor. Vapor que inhalas y exhalas a tu antojo. Una y otra vez. Una y otra vez. Hasta hacerlo tuyo. Viciado. Lejano. Transformado. Ajeno a mí.
Esta tarde he tenido que cerrar los ojos para imaginarte aquí. Preposicionalmente aquí. A un lado y a otro. Ante mí. Bajo. Cabe. Con. Contra. De. Desde. En. Entre. Hacia. Hasta. Para. Por. Según. Sin. Sobre. Tras. Asiendo con fuerza mis caderas. Tras. Enredando tus dedos en mi pelo. Robándome el aire. Estudiando mis acelerados movimientos a cámara lenta. Mi cuerpo desnudo. Ausente. Impulsado. Mi cuerpo. Por el deseo. Sólo por él. Por ti.
Esta tarde he decidido callar porque callas. Porque ya no engendras palabras para mí. Y me adentro desorientada en el silencio susurrando tu nombre por si decides volver. Déjame caer, vida. Sola. Tremendamente sola. Felizmente sola. Como cuando me faltas. Como cuando te intuyo. Cuando me huyes. Cuando te busco. Sonrío. Distraída. Mientras muerdo mi labio inferior. Sonrío. Y te busco.
Esta tarde he aprendido a preferirme a mí. Recién horneada. Dulce. Tierna. Caliente. De postre. Light. Sí, déjame caer. Ahora y siempre. Desata tus piernas. Suelta mi mano. Y déjame caer en la inmensidad que abarcan tus invisibles brazos. Déjame caer. Despacio, vida. Muy despacio. Sin prisas. Sin tiempo. Con ganas. Con muchas ganas.

sábado, 13 de noviembre de 2010

"El maquinista" de Brad Anderson (2004)

Lo que son las cosas. He pasado gran parte del día arropada por una de las peores compañías que puedo desear en estos momentos: Una faringitis viral que no precisa más tratamiento que mi propia paciencia... precisamente ahora que no voy sobrada de ella. No, si ya tengo claro cómo funciona todo esto. ¡¿Que no quieres caldo?!, pues toma dos tazas.
Desde esta mañana a las seis y media, siete menos cuarto como quien dice, intento ocupar cada uno de los minutos de este solitario día con quehaceres adictivos que no supongan mayor complicación a mi estado actual. Sin apenas suerte en mi afanosa tarea, algunas horas después este día gris con tonalidades malvas empezaba a parecerme eterno. ¿Cuántas veces habré abierto el correo en busca de un mensaje? Ni idea. A la vez que hizo treinta y nueve dejé de contar. ¿Para qué? Ninguna palabra regalada llega cuando se la espera. ¡Menudo martirio!. "Silvia, tienes lo que te has buscado, ni más, ni menos" me he soltado al oído, tan fuerte y tan cruel como una bofetada sin mano, mientras buscaba una película que llevarme a la boca. Es que últimamente no como demasiado.
Por una vez ha sido fácil decidirme. Lo ideal para días grises como el de hoy son los thrillers psicológicos que emborronan la mente con historias imposibles. De esos debo de tener quince o veinte en casa. Memento. The Game. À la folie… pas du tout. Identidad. The Jacket. Hard Candy. Número 23. El maquinista. ¡Ésta! ¡Sí, sí, ésta! El maquinista. La culpabilidad llevada al límite. Muy apropiado.
Recuerdo que la primera vez que vi esta película el aspecto de su protagonista, Christian Bale, me impresionó hasta el impacto emocional. Su delgadez extrema, enfermiza, casi inhumana, da grima. "Como sigas así vas a desaparecer" le repiten sus partenaires divertidas a lo largo de la historia. "Como sigas así vas a desaparecer", ¿de qué me suena a mí eso? En fin. 
Trevor, el maquinista de una fábrica de ferralla, lleva un año sin dormir. Lo suyo, más que un caso agudo de insomnio, parece una paranoia delirante provocada por un episodio guardado a buen recaudo en su subconsciente. La falta de sueño, unida a la escasa ingesta de alimentos, llega a mermar su capacidad de raciocinio hasta rozar la locura. Atormentado por su propia conducta, ve conspiraciones allá donde no las hay, obligándose a recluirse en soledad en busca de la fatal respuesta.



En días en los que no me aguanto ni yo, me pregunto: ¿es posible olvidarse de uno mismo hasta el punto de llegar a desaparecer? Una vez más, con toda mi sinceridad, ni idea. De todos modos hoy, precisamente hoy, me la trae al fresco. Como Trevor en su desdicha, yo “sólo quiero dormir"...

domingo, 7 de noviembre de 2010

La valeur que tu me donnes

Hier, j'ai crié. N'hésitez pas. J'ai crié si fort que ma voix a mélangé avec la tempête invisible qu'inonde ma tête. Mais je ne sais pas s'ils sont des tonnerres ou des comètes ce qu'aujourd'hui rugit véhément en elle.


J'ai crié, hier. Bien sure. J'ai crié entraînée par une pensée récurrente, c'est toi qui mente, pendant que j'imagine chaque mot, ici avec moi, encore chaude.


miércoles, 3 de noviembre de 2010

El sex-appeal de un botijo

Era de lo poco que me faltaba ya. Anoche, minutos antes de ir a la cama, lo vi. Bueno, hablando con propiedad, no lo vi: ¡Mi tobillo izquierdo había desaparecido! El derecho estaba. El izquierdo no, o sí que estaba (porque yo podía girar el pie en todas las direcciones), pero no se veía. El tobillo derecho era mío, pero el izquierdo le pertenecía a Carmen Sevilla cuando presentaba el “Telecupón”, palabra. Casi no he pegado ojo en toda la noche, obsesionada, con las piernas sobre un montón de cojines. Afortunadamente, esta mañana mi tobillo izquierdo ha reaparecido y, bueno, aún continúa conmigo, aunque imagino que es cuestión de días, tal vez horas, minutos. ¡Adiós últimos vestigios de feminidad, por lo menos, hasta el año que viene!

jueves, 22 de abril de 2010

"Odette Toulemonde" de Eric-Emmanuel Schmitt (2006)

Hoy es uno de esos días que siento como perdido. No puedo evitar, por mucho que me empeño, que cierta sensación de desamparo solitario y perpetuo me envuelva en esta jornada gris como a la protagonista de una tragedia muda en blanco y negro. Y es que, por culpa de una feria que ni me va ni me viene, me veo obligada a pasar la tarde de guardia ante un ordenador demasiado ruidoso en medio de una sala demasiado silenciosa de la segunda planta de un edificio demasiado vacío. Oposiciones a idiota debí aprobar el día que entré a trabajar aquí, estoy segura de ello. El pasar de los minutos se me antoja tan eterno como los bostezos que hace rato suelto a diestro y siniestro. Hasta he tenido que comer aquí, entre estas monótonas cuatro paredes, sólo aliviado mi terrible aburrimiento por el improvisado “tour” que he realizado montada sobre mi silla giratoria de ruedas desde mi mesa hasta la máquina de refrescos, ida y vuelta. Privilegios de estar rematadamente sola.

Alberto suele decir, para alegría de mi músculo motor, que vivir conmigo es lo más parecido a sentirse el protagonista de una comedia francesa de ésas en las que la chica ingenua de turno, normalmente solitaria y extrañamente feliz, pretende arreglar el mundo abanderando una filosofía de vida tan absurda como eficaz. Es todo un alivio saber que su cuadriculada cabeza no es sólo capaz de comprenderme (unas veces mejor que otras), sino que también lo es de valorarme.

Odette Toulemonde es, para mí, una de las mejores comedias francesas de todos los tiempos. De hecho, si yo hubiera tenido que escribir el guión de una película, sin duda alguna que habría sido el de ésta. Un segundo, voy a por una palmera de chocolate a la máquina… sí, montada en mi silla giratoria de ruedas. No tardo nada. […]. Ya estoy de nuevo aquí. Por un segundo he temido que mi merienda se quedase atascada en ese hierro espiral que la debía traer directamente a mis manos, pero no, por una vez se ha portado como un perfecto caballero. Como iba diciendo, la filosofía de vida de Odette condensa las claves para alcanzar la felicidad en cinco puntos de fácil aplicación. A saber:
1. No guardar para mañana las palabras de afecto que puedas regalar hoy.
2. Afrontar cada día con la cabeza en las nubes y los pies un poquito por encima del suelo.
3. Alabar las virtudes de nuestros semejantes sin dar importancia al amasijo de defectos que estamos hechos.
4. Conseguir cada mañana que lo más monótono parezca nuevo.
5. Disfrutar del amor de quienes queremos y cuidar el Amor de quien amamos por encima de todo lo demás.

La sencillez de esta madre de familia viuda, que abarca tanto lo imaginable como lo inimaginable entre plumas y abalorios, revela a ritmo de la atemporal Joséphine Baker un estado de felicidad constante en un contexto de lo más variopinto donde los sueños aún se pueden hacer realidad. Y es que esta heroína de moño encorsetado y maneras de adolescente ingenua nos transporta a un mundo de ensoñación cotidiana donde ser feliz es POSIBLE.


Alberto afirma convencido y rotundo que tengo unos gustos vitales rarísimos. “Por eso me casé contigo, guapo, porque me gustan las cosas raras”, bromeo divertida. Entonces él agacha la cabeza como dándome por imposible y sonríe. Es una de las cosas que más me gustan de él.