viernes, 25 de diciembre de 2009

Morir en octubre

Si quisiera morir elegiría para ello el día de hoy. Me enfundaría en mi vestido nuevo. Ese vestido nuevo que asemeja mi cuerpo al cuerpo de cualquier pin-up de los años 50 (con limitaciones, claro, con muchas limitaciones). Me afianzaría sobre mis tacones de diez centímetros. Esos cómplices mudos de mi propio engaño que se cobran mil y una heridas cada vez que me los calzo. Adornaría mi pelo con algunas pequeñas pinzas. Posiblemente rojas. Rojas. Posiblemente. No, de seguro rojas. Me maquillaría sólo lo necesario para borrar los surcos bajo mis ojos. Labios color labios. Khol negro. Mis pecas al aire. Y una penúltima sonrisa. Si quisiera morir hoy me dejaría los ocho discretos pendientes que adornan mis orejas (cinco en la izquierda y tres en la derecha) aunque al último de ellos, para sentirse realizado, sólo le falte cangrenarme la parcela de cartílago que ocupa desde hace semanas. Me bañaría en esencia de violetas y echaría a andar. A mi ritmo. Sin volver la vista atrás. Sin más equipaje que mis años en el regazo. Echaría a andar hasta parecer un punto casi invisible que se pierde en el horizonte. Sin oír las palabras de aliento a mi espalda. Echaría a andar y desaparecería sin más. Desaparecería... Eso, si quisiera morir hoy.

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